Sobre el estándar y la norma

Reseña realizada por María Galán Nieto

Pascual Rodríguez y Emilio de los Mozos revisan en su artículo los conceptos de estandarización y normalización de la lengua, y plantean sus propuestas desde una perspectiva que se aleja de los postulados más academicistas y conservadores.

Una de las tesis que sostienen los autores es aquella que concibe la lengua como un sistema heterogéneo y difícilmente reductible a un único patrón. Los hablantes son partícipes de diferentes realidades sociales, y se comunican de una forma u otra en función de su percepción del mundo y las relaciones que establecen con los demás individuos del entorno en el que han de integrarse. Para los dos escritores, la heterogeneidad es una característica inherente al lenguaje, e insisten en el grave error que cometen aquellos que se enfrentan a la variedad como un signo de degeneración del idioma.

Ahora bien, entre todas estas posibilidades comunicativas, sólo aquella que ha gozado históricamente de mayor prestigio y aceptación social, se ha convertido en el modelo de comunicación interdialectal o, en otras palabras, en la lengua estándar.

El trabajo de los lingüistas debe estar encaminado a identificar estos usos y a explicar por qué un grupo extenso hablantes se adhieren a ellos, por qué estos y nos otros se consideran como modelos a seguir en un determinado momento sociocultural. Para los autores del trabajo, la obcecación de muchos de sus colegas por identificar qué es lo correcto o qué terminología ha de emplearse en cada caso, en lugar de explicar cómo funciona la que ya se utiliza, ha supuesto una enorme pérdida de tiempo y un derroche de energías carente de utilidad.

Otro de los grandes errores que se achacan en el presente texto a muchos de nuestros lingüistas es el de designar el estándar como la lengua común. Lejos de esto, el estándar ni siquiera es accesible para todos, y hasta las personalidades más cultas realizan en ocasiones un mal uso de él. En la práctica, lo errores sintácticos son una constante cometida por individuos de muy diferentes realidades sociales. Estas situaciones no hacen más que corroborar la tesis de que la lengua hablada y escrita no poseen la misma sintaxis, ni deben aspirar a poseerla. En definitiva, el extendido mal uso de las construcciones gramaticales pone de manifiesto que el estándar no es la lengua de todos, sino la lengua de unos pocos: los sectores culturales mas elevados. Éstos, que en muchas ocasiones pertenecen a las esferas de poder, son los que designan la variedad estándar, en ocasioens bastante alejada del lenguaje cotidiano empleado por una comunidad, o, en otras palabras, del lenguaje real.

Asimismo, se hace hincapié en la vital importancia que cobra la tarea de restringir y delimitar el alcance del término estándar, para evitar que se despoje de contenido, y, por lo tanto, de funcionalidad. Si se parte de la premisa de que estándar es aquello que todos utilizan, jamás podrá enseñarse, transmitirse ni será capaz cumplir las funciones sociales de integración y progreso a las que está llamado.

La implantación de la lengua estándar no es repentina, sino que va asentándose a medida que los hablantes la aceptan como válida y eficaz. Una de las funciones que cumple el estándar es homogeneizar lo máximo posible la comunicación, y evitar de esta manera la discriminación hacia determinados colectivos por sus usos lingüísticos. Todo esto se desarrolla bajo la advertencia de que ninguna variedad (el seseo andaluz, por ejemplo) puede ser de obligatorio uso.

Por último, los autores definen a  lengua estándar como un vehículo avalado por una norma, que supone una oficialización de una opción entre muchas otras. A este tema se dedica especial atención en un segundo gran apartado.

La norma prescribe lo que es lo correcto y lo que no. Esto admite ciertos matices: mientras que la normatividad de algunos usos es incuestionable (en las raras ocasiones en las que estos coinciden con el lenguaje escrito), otras veces varía en función de la región en que se emplean. Lo que en un punto de la geografía española puede sonar como un auténtico disparate, en otro puede pasar completamente desapercibido. Para ilustrar este fenómeno los autores se valen de una serie de ejemplos concretos y, sobre todo, documentados. Con esto se pretende demostrar que las lenguas no son algo absoluto y objetivo, sino que dependen en gran medida de la aceptación que gozan por parte de los hablantes de una comunidad, siendo en muchas ocasiones una cuestión de moda más que de lógica.

Y, al margen de nuestra adhesión o rechazo a una determinada norma, debemos conocerla y acatarla, no por cuestión de principios, sino por mera supervivencia. La convivencia en sociedad lo exige, y es imprescindible el dominio de los distintos registros comunicativos para abordar con éxito situaciones más o menos cotidianas. Así como atendemos a nuestro vestimenta, debemos mostrar especial interés por nuestra lengua.

Los autores se señalan que los jóvenes muestran un alto grado de desinterés en lo que a materia lingüistas se refiere, y advierten que la pobreza expresiva lleva a la marginación y autolimitación del individuo en el seno del grupo.

Podemos decir que, a través de este artículo, De los Mozos y Pascual Rodríguez definen la lengua como un ente vivo, cambiante y múltiple. La tarea del lingüista, si es que éste pretende ser verdaderamente útil a la sociedad, no se limita a prohibir o aceptar un determinado uso, como si la lengua se tratara de un fortín que necesita ser defendido. La lengua es código y norma, pero además, es una realidad en pleno contacto con una pluralidad de circunstancias sociales y culturales. Y está claro que aquellos que se empeñan en encorsetarla no conseguirán ofrecer muchas respuestas al respecto.

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febrero 9, 2009. reseñas de textos, Uncategorized.

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